Un hombre y su barco: Hemingway y el Pilar

Tiempo atrás hablé del Pilar con motivo de una película sobre Hemingway y Fuentes. Puse una foto del barco en la que aparezco. Es de la época en que el Pilar estaba siendo reparado y puesto a punto para salir a navegar inmediatamente. Mi mensaje al director de la película era la vital importancia del Pilar como tercer protagonista de esa dupla de marinos que constituían Ernest Hemingway  y Gregorio Fuentes.

Un barco es un mundo único e increíble de pensar como tal si no se navega o se ama el mar o se conoce la intimidad de las personas y los objetos náuticos. Me faltaba una nota que ligara ese pensamiento relacionando al escritor con su barco, el único que tuvo y al que amó profundamente.

Encontré la nota revisando mis propios y a veces inescrutables archivos que me acompañan en mi gabinete de trabajo. Se trata de un artículo que apareció hace más de un año escrito por Julio Batista Rodríguez con excelente ritmo literario y dando el trato afectivo imprescindible a un tema como al que hago referencia, es decir, la historia de la relación de un hombre y su barco. El artículo se reproduce con autorización del sitio en el que apareció  www.cubacontemporanea.com, quien tiene a su vez otras notas relacionadas con Hemingway que, llegado el momento, citaremos o reproduciremos aquí.

Pilar, la amante “cubana” de Hemingway

Por Julio Batista Rodríguez

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“Hudson subió temprano al barco y ahora sabía que había buscado en él un refugio frente a la ciudad, donde había temido encontrarse con gente que le hablara de lo que había pasado (…)” Ernest Hemingway, Islas en el Golfo (1970)

Ernest la encontró en un sueño, compuesta de todas aquellas partes que de alguna manera captaron su atención alguna vez, pero cuando estuvo en sus manos la veneró sin medida, volviendo a ella sin importar nunca la esposa de turno. Su relación con Pilar sobrevivió a todo: desde su tempestuoso romance con la Gellhorn hasta su repentino amor por Mary Welsh.

El mismo Ernest le dedicó el mayor de los elogios de cuantos fue capaz de articular. Para él, Pilar condensaba “el peso sensual de una hermosa mujer alegre habanera y la sólida construcción de la casa en lo alto de una colina”.

Aunque Pilar no nació en la Isla, sus mejores años los pasó en aguas cubanas en compañía de Papa, recorriendo el litoral una y otra vez en busca de nuevas historias para aderezar lo cotidiano. En realidad, Pilar tuvo tres hombres en su vida, pero solo un amante verdadero.

Y para ser justos, debemos decir que el amor fue recíproco. Si Hemingway no supo, luego de hallarla, cómo vivir sin ella, Pilar, por su parte, jamás le falló. Cuando vino al mundo, ya Ernest tenía 35 años y una guerra a sus espaldas. Era 1934 y el joven periodista y escritor había establecido su residencia en Cayo Hueso, Florida.

Para entonces, Hemingway ya había conocido también la adrenalina de la pesca de la aguja dos años atrás en aguas cubanas y rondaba por los bares del cayo como cualquier otro marino floridano, bebiendo hasta el final del vaso y llamando por su apodo a cuanto pez y hombre subieran a las cubiertas de las lanchas.

Sobre un modelo de serie diseñó su bote soñado, hecho de madera y con dos motores para impulsar la esbelta figura. La compañía naval Boston Wheeler Shipyard, radicada en Brooklyn, Nueva York, fue la responsable de transformar los dibujos en el magistral casco y, aunque se suponía que los trabajos demorarían un mes, en menos tiempo todo estuvo listo. Así, el 9 de mayo de 1934 Hemingway, tras pagar los diez mil dólares de su compra, recibió la lancha en Miami, adonde llegó en tren.

En el primer viaje de pruebas, Ernest -con su licencia de patrón de barco recién obtenida- puso a prueba la estructura y posibilidades de la lancha, conduciéndola al máximo de su velocidad y realizando giros complejos. Pilar se comportó a la altura de las circunstancias y dejó bien claro que necesitaba más que un Hemingway para doblegarla. Quizá por eso él la convirtió en su preferida, a la que siempre regresaba sin encontrar reproches o rencores.

27 años de idilio

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El 18 de julio de 1934 pusieron proa hacia La Habana y por casi tres décadas nada se interpuso entre ellos. Ni siquiera tres señoras Hemingway. Ni la casona de Finca Vigía ni los safaris en África. Pilar y Ernest vivieron su idilio en paz, sin desavenencias o celos, llegando a parecer un solo cuerpo a medio concebir, una mescolanza a medio camino entre la madera y la sangre.

Agujas de más de cuatrocientas libras de peso, memorias imborrables, viajes de placer y desenfreno, expediciones científicas, competencias deportivas y toda clase de extravagancias conoció el Pilar en esos años. Incluso, artillado durante la Segunda Guerra Mundial, se lanzaron juntos a la caza de submarinos nazis en la cayería norte camagüeyana, algo que solo pudo igualar Martha Gellhorn cuando se negó a abandonar España mientras Hemingway documentaba la Guerra Civil.

Lo cierto es que todas sus esposas tuvieron que convivir con su permanente presencia. Y en esos 27 años, acostumbrarse a que aquella relación indestructible constituía parte esencial de la vida del hombre a quien todas amaron y ninguna poseyó a ciencia cierta.

Sin embargo, Pilar fue su musa durante mucho tiempo, y sobre su estructura de madera, o en la silla de popa, nacieron algunas de las mejores escenas de las novelas del escritor. Descrita en varios de sus trabajos, especialmente en su novela póstuma Islas en el Golfo, Pilar, por méritos propios, fue uno de sus motivos favoritos, al cual regresaba con la fascinación de los insectos hacia el calor de las bombillas eléctricas.

Pilar nunca fue solo un instrumento de recreo. Habiéndola pensado para ser una extensión de sí mismo, Hemingway hallaba en la lancha el refugio perfecto para escapar de su vida trepidante en La Habana, para vagar por los mares, yendo y viniendo entre la Florida, Bahamas y Cuba.

Cuando las cosas no marchaban bien en casa, o escribir de pie con un vaso de whisky no bastaba para alumbrar una idea completa, Ernest corría a sus brazos y se marchaba en el Pilar para, arrullado entre sus maderos, encontrar la paz que le negaba la tierra firme.

A bordo del Pilar se convirtió Hemingway en respetado pescador, azote perenne de cuanto pez de pico anduviese cerca de su carnada. A bordo del Pilar dominó también, entre 1953 y 1955, el torneo que llevó su nombre desde sus inicios, tres años antes.

Por si fuese poco, deberíamos agradecer al Pilar y a la fascinación que despertaba en Hemingway por todos los relatos, crónicas y novelas que tuvieron su inicio y fin sobre la cubierta del yate.

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Al terminar con su vida, en 1961, Ernest había pasado casi la mitad de su existencia con Pilar, dejando los mejores años y escritos anclados a la silla de pesca que instalara para lidiar con agujas mientras Gregorio se encargaba del timón.

No extraña entonces que, en el testamento, legara su custodia al viejo marino, quien fuese testigo del amor que se profesaron hombre y bote por casi tres décadas, un romance que legó al mundo descripciones abrumadoras de la pesca, el mar y la lucha por vivir.

Sin Pilar, Ernest no hubiese sido lo mismo. El océano y la lancha transformaron al escritor para regalarnos a un clásico, convirtieron al hombre en amante pertinaz de la mar y achicaron, desde entonces, el microcosmos de sus libros hasta que tuvo como base apenas 11,86 metros de eslora y 3,65 de manga que se balanceaban al ritmo de las corrientes del Golfo.

Fuente:
www.cubacontemporanea.com

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