HEMINGWAY Y UN ACONTECIMIENTO EDITORIAL: LA TRADUCCION AL ESPAÑOL DE “IN OUR TIME”.

La tapa del libro y a un costado la faja ilustrada.
La tapa del libro y a un costado la faja ilustrada.

Ernest Miller Hemingway (Estados Unidos de Norteamérica (1899-1961) se hallaba en 1926 en París. Para entonces la meca, el lugar necesario y a veces posible en el mundo del arte y en la búsqueda de la fama y a veces la fortuna. Cierta dosis de color teñía la vida de aventura. Una bohemia sin par. Aislarse en un café y escribir. ¿Cuantos cafés tiene París que perfectamente son un resumen de la historia del arte cuando no de la política? Pues bien, así por ejemplo “Les deux magots”. Si se bebe un café allí, se podrá observar la foto de un Hemingway joven sentado en ese lugar. ¿Hace frío en París? Sin duda. Un chocolate caliente en el Café de Flore puede ayudar o una comida con muchas calorías en la imperdible Brasserie Lipp. En todos ellos un joven norteamericano con pretensiones de escribir era visitante frecuente. Muchos años después, Daniel Salzano (escritor, poeta y periodista argentino 1941-2014) resumiría esta cuestión en una frase: “Los cafés se hicieron para escribir”.

El entonces joven escritor había reunido algunos cuentos suyos y peleaba, como solía hacerlo sobre un cuadrilátero, contra la indiferencia de todos los editores a quienes enviaba sus manuscritos. Ya había visitado España y los Sanfermines de Pamplona lo tuvieron para siempre como un devoto admirador. En París se codeaba con grandes escritores, pintores y músicos. Todavía no lo definían pero lo percibían como un par que movilizaría el estamento literario.

Ninguno de lo grandes que lo conocieron se equivocó. Empezó a publicar y lo siguió haciendo. Para resumir sus actividades más allá de su trabajo en The Transatlantic Review (también aparece en minúscula), fundada por Ford Madox Ford en 1924, se puede decir que entre 1926 y 1930 aparecieron cuentos bajo el nombre de “in our time” con minúscula y “In our time” con mayúscula, la primera como búsqueda del editor de algo llamativo. Se reunieron los textos y fueron publicados. Muchos que los leyeron dijeron que allí había talento, recursos lingüísticos y destellos de creatividad literaria. Es posible que no todos los adjetivos aparecieran juntos pero ese joven entre los 27 y los 30 años mostró las garras y no las volvió a guardar por mucho tiempo. El pretendido escribidor para muchos, ya era todo un escritor y de ahí en más Ernest Hemingway no se detendrá en su vida de persona-personaje. Su persistencia, su disciplina espartana, rendirán frutos. Allí, con esos cuentos, comenzó a pergeñar toda una corriente literaria, un estilo de escritura.

Es cierto, en buena medida, que Ezra Pound, cuatro años mayor que él y tan brillante como él le sugirió en el mismo 1926… “Ahora Ernest escribe una novela antes que otro volumen de cuentos”. Pound fue un consejero lúcido para un Hemingway naciente. Ambos, junto a otros como Scott Fitzgerald, constituirían por capricho circunstancial del genio de Stein, la “generación perdida”, un mote que los marcó desde ese París deslumbrante de la pos primera guerra mundial hasta la actualidad.

“In our time” sirvió para mostrar como escribía Hemingway. La pregunta es ¿Porqué escribía así? Quizás no haya una interpretación integral, única y taxativa.

Pero no se pueden olvidar algunos detalles. Su primer maestro (quizás el único directo) fue el manual de estilo del Toronto Star. Recuerdo haber leído algo como un consejo al periodista que decía: 1. Describa el hecho con pocas palabras y sin adjetivos.2. Agregue las fuentes y las declaraciones fundamentales. Sea breve. 3. Hecho esto, ¡Cállese!. Quizás el Toronto Star no dijese todo esto pero los manuales de estilo giraban por allí. Aunque las notas de Hemingway fuesen diferentes y hasta con cierta carga de dramatismo, aprendió a escribir haciendo telegramas con las noticias, con los hechos, con las circunstancias. A la vez no olvidó sus vivencias personales. Fuesen cuales fuesen estas. Más tarde, a estas vivencias las empleó, las reinventó, les dio un toque de innovación y las convirtió en otros textos.

Otro detalle es que fue un lector voraz. Ni bien llegado a París, Sylvia Beach, esa joven que se atrevió a publicar el Ulises de Joyce, de quien era muy amiga, confesó que le prestaba a Hemingway “montañas de libros de diversos autores de diversos orígenes”. Hemingway era un devoto asistente a “Shakespeare and Co.” en la calle l’Odeon (actualmente en la calle la Bucherie) la librería fundada con ese nombre por Beach y frecuentada por artistas de los más diversos niveles. Por lo tanto ninguna literatura le fue extraña a este escritor que siempre estuvo rodeado por libros que disfrutaba permanentemente. Se agrega además el detalle que tampoco le era extraño el mundo de la música y de la pintura. De esto último Miró y Picasso podrían atestiguarlo.

Son solo un par de detalles. Y vuelven las preguntas. ¿Por qué Hemingway escribía así? ¿Qué quería demostrar? O mas bien ¿Qué quería mostrar? Quizás el mismo Hemingway no tenía la respuesta única o si la tenía no la confesó integralmente. Hay que reunir todos sus pensamientos, frases sueltas y entrevistas. El resto lo diseñaron sus exégetas. Y esto es muy importante. Los tuvo, para bien y para mal, durante su vida y tras su muerte. Pero muchos rescataron ideas, formas, conceptos, criterios y no pocas hipótesis.

Ahora bien tras todo esto que se ha dicho y a 92 años de publicado “in our time”, generaciones de escritores han hablado del “estilo Hemingway y sus cuentos”. Hoy, Abril de 2018 aparece para gratificar a todos los seguidores, la traducción al español de Rolando Costa Picazzo, severa y bien lograda, de ese volumen bajo el nombre con el que siempre se lo conoció como “En nuestro tiempo” de Ernest Hemingway. Prologa estos textos de forma analítica y amena Ricardo Piglia (Escritor, periodista, ensayista argentino, 1941-2017). Lumen de Penguin Random House Grupo Editorial S.A. de Buenos Aires, con muy buen diseño de tapa y una faja con la foto del escritor y una leyenda sobre esta edición propone la relectura de estos cuentos del Nóbel 1954 y sus “viñetas” como les llama Piglia o “miniaturas” como les llamó Baker. Aparecen como “capítulos” que siguiendo el estilo no figuran en el índice. Hay 16 cuentos y otros tantos “capítulos” que los preceden.

Antes de seguir con esta versión hay que aclarar que los cuentos que allí aparecen como en el volumen original, los lectores hispanohablantes del “Viejo” los leyeron en la versión que Sudamericana bajo el sello Lumen con acuerdo de Random House Mondadori S.A. de Barcelona publicó en 2007. En esa versión también aparecen las “miniaturas” como “capítulos”, pero está basada en la publicación de 1938 de Hemingway que ya tenía como editor a Scribner’s y apareció como “The fifth column and the first forty-nine stories” (La quinta columna y las primeros cuarenta y nueve historias).

La edición que ahora aparece de “En nuestro tiempo” rescata la unidad de los textos y las “viñetas” y completa la obra traducida al español del escritor norteamericano. De hecho es un libro para investigadores, lectores e incluso para coleccionistas de obras completas. A título informativo hay que recordar que traducidos al español hay relatos  por ejemplo, publicados en 1948, 1956, 1960 o por caso Caralt en Barcelona 1957 o Plaza y Janés en 1960. Un estudio de las publicaciones y apariciones y versiones de los cuentos supera  este espacio y queda como terreno y material para los investigadores. Aquí basta decir que esta edición contiene la idea de las ediciones de 1924 de “in our time” editada por William Bird en París, que solo tenía las “viñetas “que luego aparecen como textos intercalados en las ediciones de “In our time” en 1925 y 1930 editadas por Boni and Liveright en Nuev York.

Que dice Piglia en el Prólogo. Comienzo por el final porque allí se halla una atractiva anécdota del autor a la que en este escrito le confiere el carácter de “confidencia”. Así es, Piglia se encuentra con “In our time” o “In our time” lo encuentra a él, en una mesa de saldos en una librería de viejo, como se solía decir, en 1959. La librería se hallaba en la terminal de ómnibus de Mar del Plata. Cuando regresa a su casa comienza a leerlo y ya no lo puede abandonar. No voy a transcribir el resto pues el lector lo debe disfrutar directamente de la mano de este escritor que en ese momento tenía 18 años. También expone Piglia la influencia de Hemingway en su propia escritura.

Que expresa el prologuista del llamado, “estilo Hemingway”. Sucintamente: “El uso de repeticiones, reiteraciones -ya de palabras, asonancias o consonancias y yuxtaposiciones- unido al uso de la elipsis, define el estilo inconfundible de Hemingway y refuerza la presencia de una voz narrativa áspera  que constituye el marco para la resonancia emocional”. Y afirma que “…Hemingway sustituye la lógica de la acción con la presencia de un narrador que no quiere decirse a si mismo lo que ya sabe”.  Entonces aparece aquella llamada “teoría del iceberg”. ¿Cómo? Piglia dice: “En el texto suprimido con buen criterio por Hemingway vemos con claridad lo que se enuncia en la teoría del iceberg, lo que se suprime ya está narrado y el escritor sabe lo que luego se elide”. Y continúa: “…Esta forma de la elipsis le da a los cuentos una potencia extrema. Lo notable en el texto suprimido es que Hemingway postula una teoría de lo imaginario como base del relato, en oposición a la versión de la experiencia vivida que es el cliché más extendido sobre Hemingway, que primero se vive y luego se escribe”. Hasta aquí Piglia. Hay mucho más en su prólogo indispensable para el lector que se inicia en este tipo de literatura a la que podemos llamar “diferente”. ¿Por qué?  Este tema de “lo que se oculta u omite” Vargas Llosa (Nóbel de Literatura 2010), dice: “Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es  una técnica vieja como la novela”.

Hay que apuntar que todo esto no supone un Hemingway reactivo contra un Joyce por ejemplo. Por el contrario el joven escritor respeta profundamente al  autor del Ulises, pero no quiere imitarlo, no quiere seguir los pasos de la literatura clásica. Carlos Baker, un referente indiscutible de Hemingway, tanto de su vida y su obra así como de su estilo expresa: “Por esa época de 1925, el muy competitivo Hemingway sintió claramente que el era por temperamento un creador antes que un imitador. Se había enseñado a si mismo a escribir escribiendo.” Y atención a esto que Baker observa: “Como corresponsal de periódicos en capitales europeas tanto como imaginativo escritor serio en la intimidad de diversos departamentos y pequeños estudios, se había adiestrado para observar en forma cuidadosa y expresar claramente una esmerada selección de lo que veía, oía y sentía”.

Utilizando un lenguaje cotidiano con frases cortas, Hemingway busca denodadamente acercarse a la excelencia en la expresión atribuida a Flaubert “le mot juste”. Esa palabra justa, la expresión en que ella era aplicada, se transformó en una obsesión. No había términos rebuscados. Había vocablos precisos empleando el lenguaje coloquial.

Casi con tono de humor sino fueran geniales, anécdotas de escritores hacen decir que  Faulkner (Nóbel de Literatura 1949), otro gigante literario, se expresara así de Hemingway: “Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario”.  Claro, la réplica de Hemingway a esto parece haber sido: “Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras?”. Es impensable interceder ante ambos que signaron la literatura universal con sus escritos. Pero García Márquez (Nóbel de Literatura 1982), otro grande de la literatura en este caso latinoamericana, hablando de los escritores citados apunta: “… Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio”.

Hasta aquí, algunos apuntes sobre “el estilo Hemingway” y el valor de la aparición de la traducción de “In our time”. Es una invitación a leer y a releer. Lo es tanto para aquellos que conocieron el Hemingway de los cuentos y para aquellos que lo descubren como Piglia que en sus 18 jóvenes años halló estos textos. El Prólogo impone ser leído pues se halla un Piglia fresco que vibra con sus palabras. Esto es solo una impresión personal mía en la que, sin duda, prima el afecto. Piglia ya no está entre nosotros pero sus palabras, sus textos, su estilo están vigentes y lo seguirán estando mientras nosotros como lectores nos encontremos “…tirado en un sillón de lona, con las piernas apoyadas en una silla…” eso si… con la luz que elijamos.

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