Para el Mes hemingwayano una reseña de un libro increíble: “Hemingway y los muchachos del barrio”

Cada vez me sorprendo más. Ha pasado algo más de medio siglo y aparecen obras como esta que  recupera para el mundo, para la historia y para los investigadores la figura de un Ernest Miller Hemingway con una dimensión humana sospechada pero no conocida.

Me siento parte de este pensamiento cuando inserté en este blog “Recuerdos de Ernest Hemingway. Apuntes autobiográficos” un documento que en algún momento roza el tema del Hemingway sensible. Son los cubanos radicados, algunos en Nueva York otros en Florida, quienes me comentan en aquel momento y me hablan de un Hemingway diferente, muy diferente al que muchos quisieron imponer.

En esta oportunidad un señor desconocido hasta ese momento, escribe a mi correo electrónico y me comenta de su libro. Ahora con motivo del Mes Hemingwayano le pido unas líneas y me envía algo más que ellas. Se trata de una reseña de su libro “Hemingway y los muchachos del barrio”, texto por el que estoy muy agradecido. El autor, Alfredo A. Ballester es cubano y se encuentra radicado en Miami. Ha publicado siete obras y ha sido reconocido por la Asociación Cultural UNESCO y la Academia de Artes y Ciencias, ambas de Puerto Rico. Asimismo es Mención de Honor en el concurso de narrativa ‘Importancia de la palabra’ organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano con sede en Argentina. Con su autorización brindo su correo para todos aquellos que quieran comunicarse con él: andrestorro@aol.com.      Aguardo a que este ameno autor vuelva a enviarnos  algún texto suyo relacionado con la vida y obra de Hemingway. He aquí la reseña acompañada de la tapa del libro en la que aparece Finca Vigía y el rostro de un niño que hoy, ya adulto, escribe y publica libros.

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HEMINGWAY, NUESTRO VIEJO AMIGO

El niño de la portada soy yo en aquella época

 

He escrito un libro titulado “Ernest Hemingway y los muchachos del barrio” que narra mis experiencias vividas con Hemingway cuando apenas yo tenía 10 años de edad, que junto a otros muchachos más entrábamos a robar mangos a la finca Vigía y que con el tiempo nos hicimos amigos del célebre escritor.

Que mejor para este “mes Hemingwayano” exponer al mundo que soy uno de los pocos  protagonista sobreviviente de quienes conocimos a Hemingway en persona. Que estrechamos su mano, que puso sobre nuestras cabezas esas manos que tanto dieron al mundo de la literatura.

Ha pasado más de medio siglo, y basándome en varios pensamientos de Ernest Hemingway, por fin los tomo muy en serio, llegando a la siguiente conclusión:
Primero, “he vivido la vida como para poder escribirla”. Segundo, “como escritor no debo seguir diciendo lo que he dicho y debo escribir lo que tengo que decir”. Y tercero, “me inspiro porque creo que ese alguien que debe tener las suficientes agallas de pensar para contar esta historia y seguir escribiendo, ese soy yo”.
Lo que he escrito, en este libro, primeramente es una novela en la cual atestiguo la realidad de algunos de mis años infantiles. También incluyo algunos testimonios de personas con la suficiente credibilidad, donde se respeta la veracidad de los hechos ocurridos en aquellos años, por lo que éstos, componen parte del contexto de la novela. Así como una segunda parte del libro, resumiendo temas relacionados a Ernest Hemingway, testimonios y curiosidades de la época, entrevista al escritor, errores y mentiras sobre Hemingway, sus temores, pensamientos y obras del mismo.
Los personajes son reales, con sus nombres verdaderos, incluyéndome a mí.
Mi experiencia de aquellos años 1956-1961, me dio la lección de que todos los seres humanos somos iguales, que la humanidad a veces da categoría de excepcionales a algunos, que se destacan por sus habilidades en la vida, y no estoy en contra de clasificaciones merecidas o no, pero sí aprendí, que conocer a una persona en su forma empírica, sin saber su pasado o presente, sea bueno o malo, nos da la medida de poder evaluar individualmente a cada uno, por
cada uno de nosotros. Y es el caso de este “señor alto, corpulento, canoso de cabellos y barba”.
Tuve la experiencia de conocer sin saberlo, a un célebre hombre de las letras, también de los deportes de la pesca y la caza. En el momento de conocerlo no era más que lo que era en realidad para mí: “un simple viejo barbudo y canoso”.
No pretendo relatar la vida de Ernest Hemingway, se ha escrito suficiente sobre este escritor Premio Nobel de Literatura del año 1954, pero es imposible, para quien escriba algo relacionado con este sobresaliente escritor, pasar por alto su vida, su obra, su personalidad, desenvueltas en la lucha entre la vida y la muerte, el triunfo de la victoria sobre la derrota.
Mi objetivo es dar a conocer como persona, algunas experiencias vividas de mi parte, y de otros muchachos, con este señor, que también fuimos parte de la vida de él y, por qué no, que los demás puedan conocerla o ser recordada por aquellos que hace más de medio siglo disfrutaron, como yo, esas aventuras, travesuras y experimentar que un hombre ya cerca de los 60 años de edad, pudiera mantener un alma de niño como la tuvo Hemingway.
Lo recuerdo más como cazador, independientemente como al hombre al que le robé sus mangos.
Si de algo nos hablaba era de sus cacerías, es posible que él supiera, que si nos hablaba de sus escritos como corresponsal de guerra o de sus libros ya publicados para entonces, incluyendo El viejo y el mar, el cual le proporcionó dicho premio Nobel, claro, ya había acumulado libros estrellas como Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, Las nieves del Kilimanjaro, y otros más, dentro de los cuales de una forma u otra el mismo autor manifiesta su personalidad, si nos hubiera hablado de eso, a nuestra edad, no le
hubiésemos prestado atención; en esos momentos, no comprenderíamos de guerras, periodismo, romances, etc.
Quizás deba significar algunas etapas relevantes de su vida, incluyendo alguna sinopsis de sus obras, porque existe la posibilidad que alguna nueva generación no conozca de ellas y sería muy bueno que este libro, que escribí, inspire, abra el deseo de algún joven, a conocer excelentes obras y saber de la vida de un hombre, que su final no fue natural, propiamente: “se la quitó”.
En mi primer libro Memorias de Abecedario, en el capitulo XI: ¿qué compartí con Hemingway? (pág. 261-268), narro algunas de las experiencias vividas de las cuales doy lujo de detalle en este presente libro que podrán disfrutar amenamente.
“Conocer a un hombre y conocer lo que tiene dentro de su cabeza, son asuntos diferentes” expresó Ernest Hemingway y ciertamente cuando lo “conocí” personalmente, siendo aún un niño, entre los 7 y 11 años de edad, no conocí “lo que tenía en su cabeza” llegando a la conclusión, después de pasado los años, que él tenía razón, cuando expresó, al pronunciar su discurso de aceptación al Premio Nobel de Literatura en 1954, que:
“Como escritor he hablado demasiado .Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo.” Digo esto, porque llevo unos 55 años contando por ahí mis experiencias vividas, con este ilustre escritor norteamericano; claro, cuando yo lo conocí, junto a otros muchachos más, era él como ya destaqué, un “ señor mayor de edad con barba y cabellos blancos”, tal como hoy en día los tengo yo, con la diferencia que ya cabellos casi apenas tengo. Mi edad sobrepasa algo a la de Hemingway al morir.

Se ha hablado y escrito mucho de Hemingway: que si era un borracho, mujeriego, deprimido, bipolar, machista, belicoso, aventurero, que sirvió al FBI en la ubicación de submarinos alemanes en el mar Caribe, para disfrutar de ciertos privilegios que no podían tener otros pescadores en sus barcos, pero como en la vida hay contra y pro , también se ha dicho que fue un buen amigo, llegando a poner tan en alto la literatura norteamericana en el mundo de las letras, que además de los Premios Pulitzer y Nobel de Literatura, fue nombrado “El Dios de Bronce de la Literatura Norteamericana”.
Y yo puedo ratificar lo que han dicho otros: El “americano” que vivió en la casa donde robábamos mangos, llegó a ser un amigo de nosotros, de aquellos niños que apenas llegábamos a los 10 o 15 años de edad, siendo cierto lo que dijo siempre: “su finca sería el hogar de todos los muchachos del barrio”.

ALFREDO A. BALLESTER

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